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Costumbres prehispánicas vuelven a la vida en México en Día de Muertos 

Cada región celebra de manera distinta, pero para casi todas es un festejo que recuerda la continuidad de la vida, el más importante del año. 

El Día de Muertos es una fiesta, un rito y una tradición que une dos culturas — la mexica y la española. Se celebra en dos días, el 1 y 2 de noviembre.

La representación de esta fiesta fuera de México suele desvirtuarse, dice Héctor Darío Aguirre, doctor en Antropología Física.

Dice que hoy la realidad del país influye en la visión de la muerte.

“En México, la muerte es una amiga. No obstante, hoy, con la violencia en el país y la pandemia en el mundo, estamos comprendiéndola de otra manera, aunque no hemos perdido el sentido de continuidad”, dice.

“Lo interesante es ver cómo cada mexicano celebra ese día, no como dice el cine extranjero que lo hacemos. No todos ponen, por ejemplo, un arco en sus altares. Este simboliza la entrada al inframundo. Las calaveras recuerdan al tzompantli [filas de calaveras], y el pan de muerto es combinación española e indígena”.

Algunos altares del Día de Muertos suelen ser de dos o más pisos. Los cráneos, que recuerdan al Tzompantli, eran una manera de honrar a los dioses. En muchas escuelas del país, los alumnos hacen las ofrendas. (Héctor Darío Aguirre Arvizu/Zenger)

La cultura mexica dominaba la región central de México, donde hoy se encuentra la Ciudad de México, cuando los españoles llegaron al lugar en 1519, y se dio una mezcla entre ambas culturas que perdura hasta hoy. Ciertas costumbres mexicas se mantuvieron más que otras, como esta celebración de la muerte, que para esta cultura es la continuación de la vida.

“Para el mexica, el sacrificio humano a los dioses era natural y necesario. Morir así era un privilegio. La muerte no era una desgracia como lo era para el pueblo español, sino [que] era la continuidad de la vida … Los españoles crearon argumentos en contra de la creación y la continuidad … El pueblo aprendió a ver la muerte como algo malo, desagradable o dañino”, dice Aguirre.

La tradición mexica original se basaba en la creencia de que las almas iban a un lugar determinado, según cómo muriera la persona. La mayoría iba al Mictlán, en un viaje que duraba cuatro años. En el periplo, el alma era devorada por Tlaltecuhtli, diosa de la Tierra.

Después, atravesaba 9 niveles verticales y descendientes, difíciles y dolorosos. Finalmente, cuando llegaba al Mictlán, un sitio obscuro, peligroso y desconocido, ofrecía a los dioses de la muerte y el inframundo las ofrendas con las que habían sido cremadas granos de maíz y frijol, otros productos vegetales y piedras preciosas.

“Los mexicas no realizaban altares ni ofrendas; estas eran parte de su entierro. Los conquistadores terminaron con los sacrificios humanos y dieron un giro católico a la ofrenda que se daba a los dioses de la muerte”, dice Gabriela Rojas Cruz, licenciada en Ciencias Humanas por la tesis “El altar el día de Muertos en el Distrito Federal”.

Papel picado de colores para adornar la mesa de los altares y diferentes tipos de sauhmerios, una especie de copa con agujeros, por donde sale el humo de diversas esencias aromáticas, para honrar a los muertos. (Nazaret Estrada/Zenger)

Ofrendas del Día de Muertos

Hoy, los mexicanos ponen un altar en estos días, como una alteración a la costumbre de enterrar a los muertos con las ofrendas.

“El altar es el lugar sagrado donde se lleva a cabo una ofrenda. Se construye Día de Muertos como una manera de ofrendar. Así, altar y ofrenda son lo mismo,” dice Rojas Cruz. “En muchas religiones de la antigüedad se creía que la tranquilidad de los espíritus dependía de las ofrendas de los vivos. Eran los varones de cada familia los que hacían esta tarea para hacerla más eficaz.

“El altar suele ser grande. Tanto como lo permitan la economía, el espacio y la fe de cada quién”, dice.

Rojas Cruz explica cómo se crea un altar.

“El altar se cubre con un mantel blanco. Sobre este, se colocan mantelitos de colores de papel de china, que hacen alusión a la muerte. Se ponen flores, como el cempasúchil. También cirios, velas y veladoras. Se colocan las fotos de los fallecidos que se van a ofrendar; un platito con sal y un vaso con agua. También calaveras de azúcar, amaranto o chocolate. Como ofrenda, frutas de temporada, comida típica, bebidas calientes y/o embriagantes, aguas de sabor y dulces mexicanos.

“La cera nos dice que, cada día que pasa, nos vamos consumiendo. Las flores son las almas de los muertos. Nos recuerdan la belleza y la brevedad de la vida. El fuego ilumina a las almas para llegar a sus hogares. El mantel blanco es la conclusión de la existencia”, dijo.

Las calaveras de azúcar, amaranto o chocolate se colocan en las ofrendas. (Gobierno de México)

Cada poblado tiene su manera particular de celebrar estos días.

Mixquic

“En Mixquic, en el sur de la ciudad de México, pueblo oriundo de Tlahuac, el servicio funerario es trascendental. Creen que de la atención que haya para con el difunto dependerá su ‘destino’. Cuando el cuerpo se deposita en la caja mortuoria, se acompaña con un poco de agua, sal, huaraches nuevos y monedas, que servirán para auxiliarlo en el viaje que realizará por desiertos, montañas y lodo. El agua calmará su sed. La sal será para que su carne no se corrompa. Los huaraches son para el camino por sendas espinosas. Las monedas son para el perro que lo guiará en su ruta”, dice Rojas Cruz.

“Los días 1 y 2 de noviembre, la gente de los 4 barrios que conforman la región se encamina hacia el panteón. Limpian y arreglan las tumbas. Llevan flores, agua, incienso y licor. Cada persona debe ofrendar a su difunto. El panteón cobra vida por el contraste del color de las flores, la luz de las velas, el olor del incienso, el copal y el ocote y la algarabía general”.

Las flores son símbolo de la belleza y de la brevedad de la vida. Las luces de las velas guían a las almas de los seres queridos para llegar a su hogar. (Héctor Darío Aguirre Arvizu/Zenger)

Xantolo

Laura García, oriunda de Jaltocán, un pueblo de Hidalgo que forma parte de la Huasteca, explica las tradiciones de lugar.

“Para Xantolo [Día de Muertos], sobre la mesa de la casa hacemos un arco de cáñamo. Le colgamos flores, mandarinas, naranjas y juguetitos de barro. En la mesa colocamos un mantel bordado y sobre este se hace la ofrenda.

“Al amanecer del 2 de noviembre, molemos el cacao en metate para hacer el chocolate. Cocinamos tamales, mole con pollo, guajolote [pavo] o puerco, y al atardecer los ponemos en la ofrenda. También bebidas de todo tipo.

“Para nosotros, el pan de muerto es un muñequito de azúcar con las manos entrelazadas sobre el pecho. Hacemos pan de agua [tipo bolillo], mestizas, birotes y chilindrinas. Estos panes los ponemos en medio de la mesa”, dijo.

El arco con flores es símbolo del umbral entre la vida y la muerte. (Sergio Felipe Amador, cronista del municipio de Jaltocán, Hidalgo)

“Cada taza con chocolate que colocamos representa un familiar fallecido. Mi hermana le pone una a nuestra mamá; a su hijo, a mi cuñado y a mi esposo … Con el humo del sahumerio sobre la taza, se va llamando a la familia: ‘mamá, vente a comer; hijo, aquí está tu chocolate’. Y se siente tan bonito que uno empieza a llorar”.

Todo el barrio participa en esta celebración, que es considerada la más importante del año.

“En Xantolo, si alguien va a tu casa, se le da lo que está en la ofrenda. No importa si la familia no conoce a esa persona. Si tú pasas por la casa, te invitan a comer. Se come sobre la ofrenda”, dice García.

“En la tarde, los hombres se disfrazan. Representan las almas de los difuntos. Se cubren las caras con máscaras de madera y la cabeza con pañuelos, paliacates, mascadas y sombreros. Unos se ponen un penacho sobre la cabeza con muchas plumas de colores diferentes y cascabeles en los tobillos. Otros se visten de mujeres. Bailan huapangos y banda. Van de casa en casa. Antes de bailar, les preguntan a los dueños de las casas que si los compran. Se les da de comer, beber y algo de dinero”, dijo García.

Los varones bailan disfrazados de comanches y mujeres, empleando mascadas, paliacates, pañuelos, máscaras de madera y plumas de colores, en el municipio de Jaltocán, Hidalgo. (Nazaret Estrada/Zenger)

“Cuando el difunto se va, les damos su comida favorita en un morral. Es grande y nuevo. Está hecho de hilo. Les damos las gracias y decimos: ‘Vete a descansar. Llevas tu lunch’. Los morrales son blancos, con flores de colores. Los muertos se van el 3 de noviembre.

“Las mariposas que llegan del 29 de septiembre al 29 de octubre son las almas de los difuntos. Cuando las vemos, decimos: ‘¡Mira, una mariposa! Déjala. Es abuelito, es tío … no la toquen’. Para Jaltocán, las mariposas son las almas de nuestros seres queridos”, dijo Laura García.

Al finalizar Xantolo, los familiares de los difuntos honrados preparan un morral hecho con hilo, con comida suficiente para su regreso al más allá, en Jaltocán, Hidalgo. (Sergio Felipe Amador/Zenger)

Así, muchos mexicanos mantienen sus raíces y consideran la muerte de sus seres queridos como la otra cara de la vida, una continuación, una percepción muy distinta a la europea. La tradición ha perdurado casi intacta, a pesar de la mezcla cultural que se dio a todos los niveles con la llegada de los europeos.

Editado por Melanie Slone y LuzMarina Rojas-Carhuas