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México conmemora tragedia nacional cada 2 de octubre

A 53 años de la matanza de cientos de estudiantes en Tlatelolco, sobrevivientes reviven las heridas. 

CIUDAD DE MÉXICO, México — El miércoles, 2 de octubre de 1968, “no se olvida”, dicen los mexicanos.

Los sucesos de ese día aún tienen un fuerte impacto sobre la sociedad. A 53 años de la masacre de cientos de estudiantes por parte del ejército y paramilitares en la plaza de Tlatelolco, las heridas siguen abiertas tanto en los sobrevivientes como en el colectivo.

Eugenia López Escamilla era estudiante y activista de la Escuela Superior de Medicina del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Tenía 21 años en aquel entonces. El 2 de octubre, llegó con compañeros a la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, al mitin donde miles de estudiantes se habían dado cita. Se calcula que había entre 6 mil y 15 mil personas. Ella realizaba colectas para el movimiento estudiantil. Desde que llegó, “el ambiente se sentía tenso”, dice.

Las ‘tres culturas’ que dan origen al nombre de la Plaza son la indígena mesoamericana por la zona arqueológica, la colonial por la iglesia y el convento y la moderna por la torre que fue sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores hasta 2005, y por un conjunto habitacional.

Estudiantes toman un camión quemado en una protesta en 1968. Las manifestaciones duraron todo el año y se unieron a la causa de los trabajadores. Culminaron con la matanza el 2 de octubre. (Dominio público)  

Alrededor de las 6 de la tarde, dos bengalas rojas se dispararon al aire. Después, soldados y miembros del Batallón Olimpia, quienes iban vestidos como civiles y estaban infiltrados entre la multitud, abrieron fuego hacia los estudiantes, académicos y miembros de la sociedad civil que se encontraban en el lugar.

“Empezaron a hablar los compañeros Florencio López Osuna, Sócrates Campos Lemus [ambos exlíderes estudiantiles fallecidos en diciembre de 2001, y septiembre de 2021, respectivamente]. Cuando hablan, de repente todo el mundo se pregunta, ‘¿Qué está pasando?’ Se empiezan a escuchar detonaciones y todo mundo corre. Caos. Se siente una cuestión de represión”, dijo López Escamilla a Zenger.

Varias personas se reúnen en la Plaza de Tlatelolco, la tarde del 2 de octubre de 1968. No se imaginaban que el ejército dispararía en su contra. Hoy, los mexicanos dicen que “el 2 de octubre no se olvida”, una frase de protesta generalizada contra el autoritarismo. (Congreso, Gobierno de México)

De inmediato, López Escamilla huyó de la plaza junto con una compañera. Brincó una plataforma de dos metros de altura para después encontrar refugio en uno de los departamentos de un edificio multifamiliar localizado atrás del edificio llamado ‘Chihuahua’, donde se encontraban dirigentes estudiantiles y oradores.

“La gente, solidaria, abría las puertas de sus departamentos para meternos. Éramos como 25 personas adentro, en una salita. Todos tirados en el piso. Las balas atravesaban los vidrios. ‘¡Agáchense! ¡Métanse debajo de las mesas!’, nos decían [los dueños del lugar]. Estando ahí, tuve un sentimiento de frustración interna. Decía, ‘¿Por qué pasa esto? No puede ser que sean tan injustos y que nos agredan de esa manera’. Nosotros llevábamos ese ideal de lucha de cambio, y ellos, tanques y balas”, dijo.

López Escamilla permaneció en el departamento por cuatro horas, hasta la medianoche, para emprender más tarde junto a su hermano, a quien después encontró, un nuevo escape hacia su casa, a dos horas y media de ahí. A diferencia de muchos estudiantes, ella y su hermano pudieron encontrarse con sus padres.

Ella corrió con suerte, pues según varios relatos, los soldados irrumpieron en otros departamentos y abrieron fuego contra los estudiantes que se encontraban resguardados.

El interior del edificio Chihuahua, donde varios dirigentes fueron atacados por soldados y paramilitares. (Julio Guzmán/Zenger) 

Varios días antes de la masacre, vecinos de la zona fueron testigos de otras represiones contra estudiantes en la Plaza Tlatelolco, lugar al que con frecuencia se congregaban para discutir las acciones del movimiento estudiantil. Abelardo Figueroa, exhabitante del multifamiliar 11 de Tlatelolco, tuvo una infancia marcada por estos hechos y por el apoyo que brindó su padre, como médico, a varios estudiantes.

“En uno de los mítines realizados hubo uso de la fuerza pública en contra de los estudiantes. Dispararon bombas con gases lacrimógenos para dispersarlos. Mi papá bajó a auxiliar a jóvenes golpeados y heridos … En otra ocasión, al interior de nuestro domicilio, mi papá ofreció sus servicios. Incluso, tuvo que suturar a uno de los jóvenes heridos para contener la hemorragia causada por los golpes”, dijo a Zenger.

Los constantes disturbios en Tlatelolco y el desplazamiento militar hacia la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre llevaron a la familia Figueroa a tomar una decisión de último minuto y abandonar el edificio esa tarde, unas horas antes de las detonaciones.

“El día miércoles, a la hora de la comida, mi mamá recibió la llamada de mi papá, quien se dirigía a casa desde el hospital [donde trabajaba], y le pidió que preparara maletas para abandonar cuanto antes el lugar. Él llegó por nosotros y nos sacó del departamento rápidamente, antes del inicio del mitin, para llevarnos a casa de uno de mis tíos, al sur de la ciudad. Eso nos permitió salvarnos de vivir los trágicos momentos de la matanza de ese día.

“Días más tarde, cuando fue necesario regresar a casa, nos dimos cuenta [de] que seguía la presencia militar. Recuerdo haber visto evidencias de sangre en el piso que permanecieron aún después de los intensos lavados que realizaron brigadas de hombres con pipas de agua, cepillando las áreas próximas a la preparatoria [cercana al lugar], al túnel y la explanada”, dijo Figueroa.

La cifra de muertos no es exacta. Informes extraoficiales hablan de hasta 350 muertos aquella tarde. Muchas familias dijeron que ya no vieron a sus hijos. (Julio Guzmán/Zenger)

De acuerdo con los primeros informes realizados por el capitán Fernando Gutiérrez Barrios, jefe de la policía federal, se reportaron 26 personas muertas, 100 heridas y mil 43 más detenidas. Sin embargo, los informes de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que fueron desclasificados décadas más tarde, revelaron que se recibieron reportes de hasta 350 personas muertas. Muchas familias reportaron a personas desaparecidas, como la escritora Elena Poniatowska, cuyo hermano nunca regresó a casa.

Gerardo Navarro, arqueólogo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dice que para comprender lo que pasó el 2 de octubre, es importante tomar en cuenta el contexto histórico, con acontecimientos como la Guerra Fría, la ocupación de Estados Unidos a Vietnam, la Revolución Cubana y las protestas estudiantiles chicanas de Los Ángeles, en marzo de 1968.

México no era ajeno a lo que el mundo vivía en ese momento, dice. “En los años 60, [el país] se encontraba inmerso en un cambio generacional. Aquellos jefes … que sobrevivieron a la Revolución Mexicana, a principios del siglo XX, tienen una forma un tanto autoritaria de controlar a las juventudes, mientras que por otro lado, disciplinas como la literatura, la filosofía e incluso la música van a formar un cambio en estudiantes, académicos y sociedad civil”, dijo a Zenger

Películas, documentales y fotos son parte de la memorabilia de la década de 1960 que se vende en la Plaza de Tlatelolco. (Julio Guzmán/Zenger) 

Hechos como la represión violenta de granaderos a estudiantes de la vocacional 5 del IPN y de la preparatoria particular Isaac Ochotenera, incorporada a la UNAM, tras una riña, el 22 de julio de 1968, fueron detonantes del movimiento estudiantil de ese año, dijo Navarro.

Aunado a esto, la condena pública de los hechos, por el entonces rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, la posterior organización de estudiantes de varias escuelas públicas y privadas, tanto de la ciudad de México como del interior de la República, la creación del Consejo Nacional de Huelga y la participación de la sociedad civil causaron descontento en el entonces presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz y su equipo de gobierno, quienes tenían que mostrar un rostro diferente al mundo en los Juegos Olímpicos, que arrancarían el 12 de octubre de 1968.

“El Batallón Olimpia fue creado por el gobierno de [Díaz] Ordaz para resguardar la seguridad de las instalaciones de los juegos. Era la primera vez que un país latinoamericano organizaba un evento olímpico, y México, al estar en este bloque capitalista estadounidense, quería mostrar el avance tecnológico, social, cultural, político y económico que tenía. De repente, que unos estudiantes se manifestaran a unos días del arranque de la olimpiada era algo que preocupaba el gobierno mexicano”, dijo.

A 53 años de la matanza de estudiantes, las nuevas generaciones de jóvenes no olvidan lo sucedido en esta plaza. (Julio Guzmán/Zenger)

Pese a los intentos del gobierno de frustrar los ideales de los estudiantes, varios de ellos aún perduran en los sobrevivientes de aquel violento atentado, a 53 años de distancia.

“La prensa estaba en contra de nosotros. Decía que éramos vagos, que éramos comunistas, pero no era así. Nosotros tuvimos que batallar para que se diera la cuestión de derechos humanos. Unos optaron por las guerrillas, otros por la cuestión democrática, otros se fueron al PRI [el partido político en turno, el cual se mantuvo 71 años en el poder, de 1929 a 2000, bajo nombres distintos]. Qué bueno que quedamos los que pudimos quedar y al final buscar otra opción para tratar de tener un gobierno diferente, una justicia social … Quien dice que es joven y no es revolucionario, no es joven”, dijo López.

Editado por Melanie Slone y Gabriela Alejandra Olmos