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Organilleros: Una tradición mexicana que llegó de Alemania y corre peligro de desaparecer

El organillo llegó a México gracias a una familia de migrantes alemanes dueños de Wagner y Levien, casas de instrumentos musicales y los mexicanos adoptaron la tradición.

CIUDAD DE MÉXICO, México — Un aire de nostalgia se respira en las calles de la Ciudad de México al sonar un organillo, instrumento musical que guarda una historia que se resiste a desaparecer.

La llegada de los organillos a México se remonta a la década de 1880, cuando una familia de migrantes alemanes llegó de Berlín, con varios instrumentos fabricados en Alemania.

Para el año 1900, los instrumentos ganaron popularidad entre la población, y en 1920, al terminar la época de la Revolución Mexicana, comenzaron a rentarse. La gente ganaba dinero con ellos o simplemente ofrecían serenatas. Para 1950, había cerca de ocho familias que contaban con organillos.

El señor Gilberto Lázaro Gaona, instalado en una vecindad del barrio de Tepito, en la Ciudad de México, fue una de las personas que adquirió varios organillos. Desde entonces, sus descendientes continúan con la tradición y han cambiado la música circense por melodías populares mexicanas.

Su nuera, la señora Silvia Hernández, es la actual restauradora oficial de los organillos originales, los cuales pesan de 50 a 60 kilos cada uno.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania dejó de fabricar organillos, y en algunos países latinoamericanos como Chile, Argentina y Guatemala, se comenzaron a fabricar réplicas, pero en México, aunque también se crearon algunas copias de los originales, continuaron con la tradición original, que aún se mantiene viva.

Isauro Villegas Escamilla, de 38 años, ha trabajado como organillero desde hace 25 años y no ha querido dejar este oficio que sus abuelos y sus padres le inculcaron.

“Yo crecí en este ambiente del organillo. Mi bisabuelo los trabajaba y se fue pasando de generación en generación. Mi papá tiene más de 45 años siendo organillero”, dijo a Zenger.

Villegas trabaja todos los días tocando el organillo durante una jornada completa de 11 de la mañana a 7 de la noche, y eso no le impide mantenerse positivo ante esta labor que, aunque es cansada, contagia de alegría tanto a extranjeros como a locales con melodías.

“Lo que me gusta más de este trabajo es que conozco mucha gente. Hay personas a las que no les agrada, pero a ellas les digo gracias o disculpe”, dijo.

Ya sean ‘Las mañanitas’, ‘Si nos dejan’ o ‘Amor eterno’, cada instrumento tiene una capacidad máxima de ocho canciones que suenan cuando se le da vuelta a la palanca incluida en el instrumento.

De acuerdo con Villegas, actualmente el 90 por ciento de los organilleros renta el equipo para poder trabajar, pues tener uno propio es muy costoso y de difícil mantenimiento. Incluso quedan pocos originales.

Villegas dice que realizar este oficio le alcanza para solventar sus gastos, pues en un día gana de 100 a 200 pesos mexicanos, pero en días de lluvia gana solo 80 pesos.

“Ahorita con la pandemia, nos cuesta más trabajo ganar dinero, pero sí nos alcanza. Hay que ser constantes; tenemos que dar la vuelta al organillo y pedir una moneda”, dijo.

Pero él no es un organillero solitario, pues suele ir acompañado de sus dos hijos, Tomás e Isauro José, de 15 y 11 años, e incluso su esposa también sale a trabajar con el organillo a las calles de la ciudad.

Para Tomás e Isauro, quienes actualmente también estudian, acudir con su papá es todo un privilegio.  Aseguran que les gusta mucho y piensan mantener viva la tradición cuando sean adultos.

“Es una experiencia muy bonita. Llevo trabajando aquí desde hace 5 años y lo hago porque me gusta, porque ver la sonrisa de la gente y que se emocionan al vernos es un sentimiento muy bonito para mí”, dijo Tomás Villegas.

La pasión de Tomás por preservar la tradición del oficio de su papá lo ha hecho pensar en el objetivo de ser organillero, incluso cuando tenga estudios universitarios.

Para el pequeño Isauro José, la historia no es distinta, pues también le gusta mucho acompañar a su hermano y su papá porque le gusta mucho la música.

“Aquí me distraigo porque en mi casa me aburro. Quiero terminar mis estudios y si me deja mi papá, quiero entrar como organillero”, dijo.

Al igual que Villegas y su familia, para Carlos Hernández Hernández, quien lleva 15 años laborando como organillero en las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México, el instrumento es una fuente de trabajo. Diariamente, su jornada es de 10 de la mañana a 6 de la tarde.

“Lo que me gusta de este trabajo es convivir con la gente a la que les interesa y nos apoya, como los extranjeros que vienen de vacaciones”, dijo.

Carlos Hernández Hernández toca su organillo en las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México. (Shantal Romero/Zenger)

El uniforme 

El origen del uniforme de los organilleros está inspirado en la vestimenta que usaban los soldados de la época del Porfiriato y posteriormente de la Revolución Mexicana.

Su característica principal es que son de color café y cuentan con un sombrero como accesorio. Hoy, los organilleros piden que los transeúntes les depositen sus monedas o billetes en este sombrero.

Oficio en peligro de extinción

Aunque los organilleros son considerados como Patrimonio Cultural de la Ciudad de México, corren peligro de desaparecer, pues la indiferencia de la gente y la falta de apoyo han provocado una crisis económica entre los trabajadores.

Aunque Isauro Villegas también ha llevado la música del organillo a Chihuahua, Tijuana, Hermosillo, Durango y Zacatecas, y asegura que a la gente le agrada mucho, considera que este oficio puede desaparecer.

“Siento que este oficio y tradición sí puede morir con el paso de los años, debido a la tecnología, la música que va cambiando y las ideas en las nuevas generaciones”, dijo.

En mayo de 2021, la Unión de Organilleros de México lanzó una campaña, con la finalidad de recibir apoyo y donativos para rescatar la tradición.

Los fondos recaudados se usaron para comprar despensas para los miembros de la organización, pues en abril el tiempo trabajado disminuyó a 1.5 días a la semana, cuando en febrero de 2020, antes de la pandemia, se trabajaban 5.8 días en promedio.

De acuerdo con la asociación, el salario al día en promedio antes era de 242.4 pesos, y en abril de 2021, se reportaron ganancias únicamente de 50 pesos mexicanos al día.

Editado por Melanie Slone y LuzMarina Rojas-Carhuas