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La práctica del regateo se enfrenta al valor de las artesanías

Los compradores buscan el precio más bajo, mientras que los artesanos se sienten aprovechados y poco valorados.

“¿Cuánto es lo menos, así con ganas, ya para llevármelo?”.

Esta frase se oye en los mercados populares, donde la gente ve algo fabricado a mano que llama la atención y pregunta cuánto cuesta. Acto seguido, suele regatear para llevárselo más barato.

El regateo es un acto tradicional que se realiza en mercados y tianguis del mundo. Es una modalidad popular, y algunos hasta lo ven como todo un arte.

Del otro lado de la moneda se encuentran los artesanos, quienes lo consideran una práctica injusta.

“Yo siento que es un trabajo de calidad el que yo hago, y a mí la persona que me quiera comprar viene y lo hace, y si no, igual no se le ruega”, dijo Gracia Pérez, de 45 años y artesana de tercera generación.

Se estima que, debido a esta costumbre, los artesanos mexicanos reciben poco menos de la mitad de lo que deben ser sus ganancias, por vender a precios que no son justos.

De acuerdo con el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (FONART), el estado de Guerrero vende el 30 por ciento de las artesanías comercializadas en el país, ocupando así el primer lugar; Oaxaca, Michoacán, Chiapas y el Estado de México ocupan todos el segundo lugar.

El costo del material y el trabajo de elaboración muchas veces no se toman en cuenta al momento de la venta. Esta mujer ofrece muñecas artesanales. (Bernardo Ramonfaur/Unsplash)

“Una muñequita de tela tarda uno un día [en elaborarla] porque tengo que marcar, rellenar, unir, hacer el vestido, el cabello, peinar. Eso cuesta mucho, y se vende en 80 pesos y muchos no quieren pagar; dicen que está muy caro”, dijo Gracia Pérez.

Otro factor que afecta a los artesanos es el denominado ‘intermediarismo por empresas’, las cuales ofrecen grandes volúmenes de compra a los artesanos. Al momento de hacerlo, dejan un diminuto margen de ganancia.

Por eso la tan conocida frase del regateo es quizá la peor con la que un consumidor puede dirigirse a un comerciante o artesano, como lo resalta Gracia Pérez.

“A pesar de todo, tenemos que ser educados; no podemos contestar con groserías o hacer caras. Si lo hacemos, somos nosotros los que quedamos en mal cuando son ellos los que no valoran nuestro trabajo”, dijo la artesana.

La elaboración de juguetes es un proceso tardado que requiere de habilidades particulares. (Jorge G. Balleza/Unsplash)

En esencia, el regateo era en realidad un trueque que evolucionó a la actividad que se conoce en nuestros días. Aun así los artesanos se resisten a bajar el precio de sus productos.

Los compradores lo ven como una manera de ganar algo o no ser engañado con precios altos.

“Pues, el chiste es ganar, por eso se le insiste con las frases ‘¿cuánto es lo menos?’, ‘¿y si me llevo dos, cuánto?’, y así. No solo con los artesanos, también con los de los tianguis que luego se quieren pasar de listos; aquí se trata de ser el más listo”, dijo Jaime Huesca, técnico industrial originario de Veracruz.

Finalmente, el regateo nos deja ver que en este tipo de compras, más allá del dinero y las mercancías, tanto vendedores como consumidores preservan una cultura basada en el intercambio comercial, pero no todos quedan satisfechos.

(Editado por Melanie Slone y LuzMarina Rojas-Carhuas)