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¿Qué significaban los eclipses para los mayas y mexicas?

Conocían muy bien los movimientos celestiales, pero tenían leyendas respecto a este fenómeno. 

Las civilizaciones prehispánicas pensaban que venían días de penumbra e inquietud.

Para el México prehispánico los eclipses se consideraban eventos respetados, los cuales en ocasiones infundían temor entre la población por los presagios que traían a corto y mediano plazo. Las culturas de este país basaban su cosmovisión en la constante del sol para atravesar la noche y renacer al día siguiente. Los eclipses se tomaban como un mal presagio, aunque también podían ser signos de renovación.

“Cuando recién comenzamos a volvernos una raza sedentaria y empezamos a utilizar la agricultura, nos dimos cuenta de ciertas cosas que ocurrían alrededor de nosotros y que eran muy importantes, como lo es el sol”, dijo Ernesto Domínguez, estudioso mexicano de las antiguas civilizaciones e historiador por la Universidad Veracruzana. “De un momento a otro, el sol se empieza a oscurecer en un horario que no corresponde. Claro que es una cosa para alarmarse porque no vamos a saber si va a volver a brillar”.

Los mayas y mexicas fueron dos de las civilizaciones más grandes, por lo que sus observaciones dejaron cimientos muy fuertes que ayudaron a establecer los movimientos en el cielo.

El pueblo mexica sabía cuándo iban a llegar los eclipses; a dicho fenómeno se le llamaba ‘Tonatiuh cualo’, que en náhuatl significa ‘cuando el sol es comido’. Mientras tanto, los eclipses lunares se conocían como ‘Miztli cualo’. Para los mayas, el fenómeno solar se llamaba ‘Chi’ibal K’ilin, y el lunar se llamaba ‘Chi’ibal Uj’.

Le daban una importancia tan grande que incluso la fecha de la fundación de la ciudad de Tenochtitlán se remonta a un eclipse solar el 13 de marzo de 1325. Los jerarcas mexicas oficializaron la fecha como símbolo de guerra, honrando la batalla entre el Sol y la Luna. El acontecimiento queda representada en muchas artesanías que narran la leyenda de las deidades Huitzilopochtli y Coyolxauhqui.

The Mayans built pyramids based on celestial movements. *** Los maya construyeon pirámides según los movimientos celestiales. (Iorni com/Unsplash)

Los eclipses en la época prehispánica eran objeto de estudio.

Los aztecas tenían bastantes mitos que giraban alrededor de la lucha entre la luz y la oscuridad, como aquella que hablaba de la creación del “quinto sol”, en la que Nanahuatzin se sacrificó en el fuego para crear el astro que ilumina a la humanidad.

También tenían la creencia de que los eclipses dejaban que aparecieran las ‘tzizimime’, estrellas demonio con formas de esqueletos de mujeres que podían volar en busca de hombres, para devorarlos con la salida de sol, justo al momento en que era eclipsado por la luna.

Estas ideas mantenían un fuerte vínculo con las estrellas que se apreciaban alrededor del sol en un eclipse total. Se oscurecía por unos minutos que se sentían eternos y los cuerpos celestiales nocturnos brillaban.

Destaca que los mexicas usaban cuchillos blancos de pedernal durante los eclipses, pues creían así protegerse, ya que es un elemento asociado con la luna.

“En otras civilizaciones se pensaba que había una pelea entre el Sol y la Luna, porque estas personas ya entendían que era la luna que la estaba tapando al sol”, dijo el estudioso. “Significa que ya había una observación de los astros y se entendía que había una especie de baile o de secuencias que se repetían cada tanto. En otras culturas incluso se pensaba que los eclipses eran presagios”.

Los mayas ponían alrededor de las embarazadas un trozo de obsidiana, para que no se dañaran sus hijos, pues respetaban profundamente la dualidad del dios jaguar Kinich Ahua, el responsable del día y la noche, así como de la vida y la muerte. Plasmaron un registro a detalle de los fenómenos astronómicos en una tabla especial sobre eclipses.

Los rituales que dedicaban a estos eventos en sus calendarios estaban llenos de danzas, pues creían que el ruido ayudaba a que el Sol despertara más rápido, ahuyentando el enfrentamiento entre los dos astros regentes.

Así es como las civilizaciones antiguas entendían este fenómeno, con sus propias explicaciones y cosmovisión.

(Editado por Melanie Slone)